"Bienvenid@ seas Amig@. Te saludo. Espero que tu visita te lleve a lo que buscas y que se repita una y otra vez convirtiéndose en costumbre; que el Universo una nuestros Caminos y podamos disfrutar del regalo de Bosques y Ríos, Montañas y Glaciares, de nuestros hermanos de las familias del Aire, la Tierra y el Agua, de nuestros Arcos y Flechas... Que seamos uno más del Pueblo de las Gentes del Sueño, la Tribu sin fronteras que viaja por nuestra Madre Tierra con el corazón en la mano y una sonrisa de Paz en la mirada."


martes, 22 de noviembre de 2011

Clase con NOAH



Cuando llegué al campo de tiro, en un día nublado que prometía lluvia de un momento a otro, Noah me estaba esperando en las escaleras que descienden al Foso. Su primera clase del cursillo oficial de tiro con arco le hacían sentir tan motivado que había llegado varios minutos antes de la hora acordada. Sin embargo, dado que no puede ver el campo ni si yo estoy allí, esperaba paciente a que mi voz le indicase que podía descender.

Nos saludamos e intercambiamos unas palabras, y con tacto, descendimos los escalones prestando especial atención a los dos últimos, bastante desproporcionados, que podían suponer un susto no calculado para mi nuevo alumno. Diligentemente me ayudó a montar la diana, y con sus manos iba recorriendo cada detalle: "esto es el caballete, esto el parapeto, esto son los clavos para el papel, éste es el papel". Inspeccionaba cada componente memorizandolo en su mundo de sombras: "así que ésta es la goma que sujeta el parapeto al caballete, y ésta cuerda hace lo mismo por abajo...mmmm..."

Una vez la diana estuvo en su sitio, Noah montó por primera vez uno de mis arcos de iniciación. Tardamos bastante. Con su impecable sentido del humor comentaba de tanto en tanto alguno de los pasos. Sacó los tornillos, montó las palas con cuidado de no equivocarlas de lugar, las fijó al cuerpo del arco, colocó la cuerda, el montador, siguió las instrucciones y su Arco quedó listo para la clase.

Nos dirigimos a unos metros de los Grandes Olmos y allí -como siempre hago- hicimos un calentamiento general y algunos ejercicios más específicos. Ya no puede faltarme esa parte en la secuencia didáctica, e intento conscienciar a mis alumnos sobre la importancia del calentamiento para prevenir lesiones, para acondicionar nuestra mente, y para liberar nuestro espíritu de las tensiones acumuladas.

8 metros iban a ser una distancia más que suficiente. Yo había estudiado los dispositivos especiales que pueden utilizarse en tiro con arco para invidentes, pero no veo cómo conseguirlos ya que nadie parece tenerlos. Quizás hay que pedirlos a la misma fábrica...Quizás la ONCE podría asumir el gasto que suponen?. En definitiva, son sistemas que se basan en la más alta tecnología... Un proyector de infrarrojos, un receptor, un codificador que transmuta la señal en sonido, unos auriculares que indican al arquero ciego cuándo está alineado con su blanco... Pero yo no dispongo de esto.

Así que el trabajo fue intenso en cuanto a la posición a adoptar, la secuencia de tiro, el cómo identificar la pluma guía, el anclaje... la suelta. Después de todo las diferencias con un arquero sin problemas visuales no eran tantas, y el nuevo arquero me empezó a mostrar sus ventajas: una capacidad propioceptiva impresionante, un autocontrol corporal avanzado, una motivación como un Océano... y un espíritu de superación de las adversidades como la Cordillera de los Andes.


Una tras otra salieron sus flechas camino de la Diana, con alguna indicación mía -bien mediante ligeros toques de mis dedos, bien mediante mi voz- sobre la altura de su mano de arco, sobre la posición de sus pies que afectaban al plano de tiro, sobre pequeños detalles normales que aparecen en cualquier iniciación, redundantes, repetidos siempre...que si anclaje, que si tensiones innecesarias...

Pero en sus últimas tiradas sentí que el Arco y él tenían una dulce complicidad. Me alejé. Los Olmos asentían con sus ramas, una lavandera revoloteaba alrededor haciendo sus clásicos gestos con la cola... cantaban los herrerillos la dulce canción de Otoño...aguantaban las nubes su regalo del Agua, y un Sol escondido se intuía hacia el Sur discretamente disimulado... Y las flechas tocaban el Amarillo siempre que el gesto, la secuencia, la intención, eran adecuadas. Y yo, desde la distancia, tomaba fotos con el corazón encogido, celebraba cada acierto con un "bravo!"...sonreía...

Siempre creí que las limitaciones nos las solemos imponer nosotr@s mism@s. 

- Y la próxima clase? -me preguntó con una sonrisa mientras desmontaba su Arco....
- La próxima clase tirarás desde más metros...10 o12...

Y miré fijamente al ojo amarillo de la Diana que para mi nuevo alumno, sólo es una mancha de sombras en un mundo que se apaga unos metros más allá de él mismo. 



lunes, 7 de noviembre de 2011

En el Dojo.



Han transcurrido ya unos minutos desde que me senté junto a los Kyudokas en la posición de Seiza. No compartí el inicio de la sesión -quizás por respeto-  en el que durante un tiempo no muy prolongado, y en perfecta formación, realizaron lo que entendí como una breve práctica de meditación, finalizada con los saludos rituales del maestro a los alumnos y viceversa.

Mis tobillos comienzan a sentirse doloridos ahora, mientras que, sin quererlo, me traslado por momentos al Tatami de mi juventud en la que practiqué Karate. Me asombra, al volver en mí, la similitud de las sensaciones de armonía y paz que estoy experimentando con las que en aquel entonces tuve...

He asistido extasiado al Sharei, el tiro ceremonial, y ahora escucho atentamente al maestro, aunque he adoptado pese a saber que no es del todo correcto una posición con las piernas cruzadas en busca de mi comodidad personal. Habla el Shido-in... Lo que nos explica me vuelve a retraer a las palabras de mi Sensei:

"Sin raíces, sin un buen Tronco y sus ramas... no habrá buenos frutos"

Siempre me fascinó la filosofía oriental. Esa forma de decir aquello que es fundamental mediante metáforas que son tan claras como el agua de un manantial y tan impactantes como una roca que cae desde un acantilado a un lago en calma.

Acabada la exposición, y tras una nueva reverencia, comienza el ejercicio de "tiro libre". Y me sorprende encontrar tantas diferencias con las líneas de tiro en las que pocas veces -ya saben que normalment busco la soledad o la escueta compañia de mis arquer@s de confianza- puede vérseme.



Impera el Orden, una secuencia de entrada a la linea de tiro, una autodisciplina que acongoja, una concentración sublime, una armonía absoluta, ni una sola palabra. El Shido-in deja hacer a los kyudokas y se dedica a enseñar a una iniciada la manera en la que tiene que caminar... Allí la dejará buena parte de la mañana... paso tras paso, totalmente enfocada en los movimientos de sus pies y quizás en sus sensaciones interiores.

- Normalmente transcurren unos 6 meses hasta que el iniciado puede soltar su primera flecha – me dijo El Shido-in al comienzo de la informal entrevista...y sigo observando los pasos ceremoniosos de la iniciada...6 meses!...

Hace rato que he apagado la cámara. Deben haber transcurrido dos horas desde que la sesión dió comienzo, pero el tiempo se me ha hecho tan relativo como etéreo observando la precisión de cada uno de l@s arquer@s... sus elegantes movimientos al entrar en línea, la forma de tomar su Yumi, sus flechas... la manera en la que con la mirada casi perdida encajan la flecha tras una larga serie de movimientos precisos y encadenados...Ashibumi, Dokuzuri, Yugamae, Uchiokoshi, Hikiwake, Kai, Hanare...-nuestra "suelta"- ... Zanshin..."la mente (o corazón) que permanece"...eso en lo que suelo insitir a aquellos a los que he iniciado en mis clases... "la permanencia"...


No he podido evitar en ocasiones mirar hacia el Mato para confirmar donde acaban los vuelos... Pero también sé que esto no es tan importante como lo es para otros "mundos" del Arco. Y al momento, he vuelto a quedar atrapado en las miradas, las posiciones, los gestos suaves...

Seis meses para tirar una flecha. El compromiso de asistir cada semana sin falta -lo que supondría dejar de lado tantas cosas!-... Cuando el grupo hace una pausa, me despido tras agradecerles la experiencia compartida, la confianza y el aprendizaje que ha supuesto...

Y cuando vuelvo a casa conduciendo bajo la persistente lluvia de estos días... un pensamiento pasa por mi mente.

-"Si una sesión me ha supuesto tal trasbalse... qué ocurriría conmigo durante los 6 meses de iniciación?"...

Quizás algún día pueda responder a la pregunta. Sé que mi Camino del Arco es un camino muy personal, mi camino, aunque no tenga ni la más remota idea de dónde me lleva, ni cómo va a continuar.


A Javier Parrilla y el Grupo del Dojo de Kyudo de Barcelona... Arigatô!!
Para saber más, visita: Kyudo.es